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sábado, 13 de enero de 2007

El Cuento De Juan Camaney


El buenrockdrigo tambien era un buen escritor de cuentos muestra un poco lo que son las aventuras en el DF.

Echenle Un Pupilazo.



Juan Camaney

Está abierto -dijo Antonio-, a este güey siempre se le olvida poner la llave.
Es que es muy pedo -dijo Eduardo-, siempre anda burro, estoy seguro que si le avientas un cerillo, truena.
Antonio sonrió mientras ponía una caja en el suelo que estaba llena de huesos y figuras arqueológicas que habían recogido esa tarde en el barranco.
No se enojará Juan Camaney? -preguntó Antonio. A lo mejor llega ahorita y se saca de onda.
No, no hay bronca, el Juan Camaney es cuate -dijo Eduardo-, además, nos da chance de entrar para chupar, no hay pedo porque estamos repartiéndonos estos tepalcates, güey.
Bueno, nada más te preguntaba porque no quiero pedos, ¿entiendes?
Sí, sí, abre la caja ya, ¿no?
La noche cayó como persiana que baja, como animal invisible que se alimenta de luz, Antonio y Eduardo terminaron de repartirse las cosas y Antonio sacó un cigarro.
-Dame uno, ¿no? -dijo Eduardo.
Mientras encendían los cigarros Eduardo observaba las cosas más deterioradas, estaban demasiado feas.
-¿Qué te parece si le dejamos un regalo al Juan Camaney?
Antonio entendió enseguida de qué se trataba y contestó.
-Sí, vamos a dejarle unos huesos, ¿no?
Eduardo soltó una carcajada.
-El pedote que le vamos a sacar cuando abra la puerta y vea unos espantosos monos antiguos revueltos con huesos humanos, se va a mear del susto.
-Sí -dijo Antonio, riéndose también.
Además se los acomodamos de una manera muy loca para que alucine más, mira, esta cadera y este fémur están bien, también estas dos caras.

Antonio los cogió e hizo una figura con los huesos y las caras de barro.
-Mira, así, cuando abra la puerta, lo primero que verá es esto y, puta madre, lo más seguro es que va a llegar pedo e incoherente.
Las risas se mezclaron con el ruido de una puerta que se cerraba y se perdieron en una noche calurosa de provincia.
Juan Camaney azotó la puerta de la camioneta, un bote de cerveza resbaló de sus manos y cayó al suelo. Juan Camaney ??????ni cuenta se dio, llegaba tan borracho como todas las noches; pasó de largo tambaleándose y hablándose a sí mismo.
Juan Camaney era el velador de las oficinas de una compañía henequenera alemana, que casi siempre se encontraba sola y, por lo mismo, tenía bastante libertad para irse de juerga, pero esta noche iba a ser distinta. Juan Camaney abrió la puerta de un empujón; con su mano derecha buscó en la pared el botón de la luz, la luz se encendió, lo primero que vio fue una extraña figura hecha de huesos y las caras de barro, que lo miraban fijamente; una emoción de miedo lo invadió notoriamente y con una reacción violenta voló los objetos de una patada tambaleante.
"Chingada madre, me están embrujando", pensó en voz alta, "ha de ser la puta de la Josefina porque la mandé a volar hace tres días, además yo sé que le gustan las chingaderas esas". A Juan se le cortó la borrachera, con una idea obsesiva en su mente se dirigió a la recamara por su escuadra, "pinche vieja, verás con quien te estás metiendo y ni creas que te tengo miedo porque tu pinche hermano es policía, al fin y al cabo yo también lo soy". Juan cargó su pistola y se guardó un peine más, "por si hay pedo", pensó.
La camioneta iba a velocidad regular, "las 4:30" -se dijo Juan observando su reloj. A esta hora debe estar Josefina en la cama con algún hombre, "te voy a chingar culeando, cabrona, para que te vayas en tu pinche oficio". Juan detuvo la camioneta en la calle donde vivía Josefina, mirando hacia su ventana vio las luces prendidas.
"Ahí estás, maldita bruja, ahora sí te va a llevar la chingada." Con un movimiento rápido, bajó de la camioneta y se dirigió a la puerta del edificio de departamentos; iba tan obsesionado en su idea que no vio a tres hombres que fumaban dentro de un carro, escuchando silenciosamente la radio. Juan llegó a la puerta de Josefina y la abrió de una patada, los rostros asombrados de la pareja no alcanzaron a decir palabra y el acompañante de Josefina vio cómo le vaciaban la carga de la pistola. Juan??????c?? salió tan rápido como había llegado, pero el acompañante gritó por la ventana a los que estaban abajo: "maten a ese hijo de puta que baja las escaleras"; al llegar Juan a la puerta lo recibieron con una ráfaga, una vomitada de tres armas al mismo tiempo; el hombre al fin bajó y mientras se arreglaba la ropa les dijo:
-Hablen a la jefatura, digan que hay dos muertos, que venga el agente del ministerio público.
-¿Qué pasó, jefe? -preguntó un agente.
-No sé -contestó- llegó vuelto madre y le vació su fusca a Josefina, probablemente algún loco o alguna cuestión pasional, pero por mérito me da en la madre a mí también.
Eduardo y Antonio se levantaron temprano, esta vez iban a escarbar en las partes más bajas del barranco.
Genojefe, gran Genojefe
Maldita sea -dijo el gran cacique-, ¿cómo se atreven a rebelarse?
¿Cincuenta años de poder ahora les parecen muchos?, como si no les hubiera dado todo el pan y circo que se merecen, como si no se divirtieran en todos los parques públicos que he construido, ahora dicen que tienen hambre y se quieren educar, mira mi trono, general, se siente triste El general volteó y vio la silla.
-Sí, gran jefe, se siente triste y ellos no tienen razón, cada vez le pierden más respeto a sus superiores.
Al general se le empezaron a enrojecer los ojos, de su boca asomó un ligero dejo de espuma y un rictus de su cara sirvió de prólogo a palabras apestosas y malolientas; sonidos guturales cargados de sangre golpearon las paredes acariciando los retratos del gran cacique. El general prosiguió.
-Ayer hablamos con el jefe del imperio de Occidente, están en camino sus aves de plata, ¡oh!, gran jefe, vienen cargados de ángeles del infierno y artefactos de limpieza, los mejores artefactos que existen para barrer como hojas secas a los inconformes, para desperdigarlos por el suelo y esperar solemente que el viento limpie los malos olores de las calles, entonces, usted podrá pasearse otra vez por las avenidas, con sus luces de colores y confetis??????c??, escuchar el embriagador sonido de las estúpidas manos y los vítores que se perderán entre las nubes.
El gran jefe se paró, se vio en el espejo, sonriendo melancólicamente volteó a ver al general y dijo:
-Siempre he tratado de ser bueno, pero usted sabe que ellos no se merecen más, son seres inferiores, uno tiene más inteligencia, más evolución, ¿se imagina que yo me fuera? Solamente cincuenta años de poder harían de esto una poesía incompleta. ¿Qué diría la gente de estos reinos?, ¿qué dirían los espíritus de mis antepasados?, no, mi querido general, no podemos morir de tristeza sólo porque un puño de animales quieren salirse del corral, ellos son inferiores y no lo comprenden, no saben acatar los designios de Dios en la historia, no se conforman con comer, dormir y divertirse los fines de semana, en lo parque públicos o viendo funciones de violencia y pornografía, siempre quieren más y más, no se conforman con saludarse, platicar del tiempo y verse las caras, ellos son libres pero no lo aceptan.
El gran jefe dio unos pasos y cogió un cigarrillo de la mesa.
-General -dijo con cara seria y chocando los dientes-, se le confía el renacimiento de nuestro pueblo, si logra apaciguar el levantamiento, será usted el segundo gran jefe.
El general sintió un estremecimiento, un impulso automático le hizo tomar posición de firmes, sus ojos brillaron y recorrieron los cielos y las tierras, se sintió un iluminado, escogido para una tarea divina.
Las aves de plata aparecieron ruidosas en el horizonte, reflejaron al sol por todos lados, las aves de plata brillaban fastidiosas, mohosas de muerte; los aparatos rompieron las nubes y enseñaron sus dientes de animal hambriento, entonces comenzaron a vomitar fuego. La gente caía como moscas, niños, mujeres, viejos, como pedazos de suelo que se rompían ante cada árbol de lumbre, la gente se replegaba en agujeros, escondía a su familia en oraciones, las calles eran un jardín de tumbas.
-Esto es una locura -dijo alguien casi sangrando del alma-?????? ??????
-Es difícil tumbar a pedradas esos malditos dimosaurios, sí, pero tal vez sea mejor morir -dijo otro-, es mejor ya no sentir nada, estar como siempre, ¿no crees? Todos los días hablamos de lo mismo; hambre, asesinatos, falta de trabajo, desapariciones, robo impune, dolor, confusión, más dolor y más confusión, ¿no crees? Nunca vamos a ninguna parte, siempre estamos ahí, jugando a lo mismo, como fichas de un ajedrez que no tienen derecho a decidir nada, sin derecho a vivir o ser otra cosa más que simples objetos que se mueven según los deseos de algún loco o algún maniático de sí mismo.
-Sí, tal vez sea bueno -dijo el otro-, puede pasar algo diferente, a lo mejor ganamos, ¿no crees? Mira, todo el pueblo se está levantando, ellos tienen mejores armas, sí, pero nosotros somos más, además, nos apoya el grupo guerrillero, nos apoya la fuerza de millones de pensamientos en el mundo que están conscientes de la masacre que se comete aquí, no pueden matarnos a todos, si lo hacen, ¿a quién explotarán y robarán?
-Sí -contestó-, a lo mejor ganamos y hacemos un paraíso en medio del pantano, claro, ha de ser muy fácil cosechar maíz en medio de los cuervos, bien, estoy loco, soy depresivo, pero todo esto me sabe a bronce, espero que tu sueño sea bueno, lo suficiente para escribir un libro, algo así como "Reflejos plateados en un río de piedras preciosas", sí, sería bueno algún día cabalgar sobre haces de neutrones luminosos.
Los sonidos eran cada vez más fuertes, los edificios se caían, las centellas y los silbidos de las balas ahogaban los gritos de dolor de las gentes.
De pronto tode cesó, algunos aviones pasaron, olisqueando los incendios y la muerte. Las gentes comenzaron a hablar en voz baja, los soldados empezaron a rondar sobre sus máquinas odiosas, escudriñaban cada rincón con ojos de lobo, en voz baja; los soldados bajaron de sus máquinas, dispararon sus metrallas sobre todo lo que se movía, sobre todo lo que hacía algún ruido.
-Gran jefe -dijo el general-, el cincuenta por ciento de la población está aniquilada, los malditos rebeldes sin causa se replegaron a las montañas o se perdieron en las fronteras, pensamos que no deberíamos matar a toda la población porque...
El gran jefe interrumpió:
-Eso no importa, general, el cielo es nuestro, las estrellas pronto nos pertenecerá, sólo necesitamos tiempo, sí, un poco de tiempo, usted sabe del desempleo, ¿o no?, en todo el mundo hay millones de gente que no tienen trabajo y tienen hambre, ellos serán el próximo pueblo, claro, pero ellos sólo tendrán trabajo, ¿entiende, general? No importa que usted mate a todo el pueblo, hágalo, vamos, justifique sus medallas y sus colores, mate, mate, siéntase bien, tenemos mucha gente que no se querrá rebelar como esos desgraciados.
El general respondió:
-Correcto, gran jefe, sólo que necesitamos más armas y más gente, tenemos que buscar sótano por sótano y metro por metro para no dejar nada, sí, nada.

El gran jefe recalcó:
-Pero ya no necesitamos más armas y más gente, ahora se va a hacer de otra manera.
El general observó al gran jefe.
-El imperio de Occidente nos ha vendido unas nuevas armas.
El general se puso firmes, clavó la mirada en el gran jefe, sacó un cigarro blanco y oloroso
-Estas armas descomponen el oxígeno, funesto, ¿no? Ningún animal que respire se salva, aun los que se escondan tendrán que salir en algún momento, ¿no cree? Entonces se les matará de otra manera, esa arma es prodigiosa, es algo así como un Mesías de la guerra; mata, pero no destruye.
-Exacto -dijo el general- así se conservan las cosas valiosas y no se pierde el dinero.
El general sintió un odio más grande que el de él mismo, una sustancia gelatinosa que engullía todo sin importar nada, un animal escurridizo y resbaloso, que hasta a él le proporcionaba sorpresas y temores.
Los organizadores del invierno eran fríos, su mirada técnica observaba los más mínimos movimientos posibles, moviendo sus dedos llenos de botones abrían la boca y cuando hablaban??????c?? sólo salían ecuaciones y símbolos mecánicos; unos ojos güeros de lagarto metálico, observaban al gran jefe y su séquito de exterminadores.
-Todo listo -dijo el que los comandaba- sólo es cosa de mover las manos, sólo es cosa de decir palabras y esperar una hora, tal vez dos, ¿tienen listos los camiones para cargar a los muertos?
-Claro, claro -dijo el gran jefe-, puede usted comenzar en cualquier momento.
Los ojos azules se miraron, se confundieron entre sí, un gran zumbido se oyó en la sierra, en el llano, entre las casas rotas y los campos de cultivo, y en una hora nació el silencio más doloroso de todos los tiempos eslabonados entre sí
-Todo acabó -dijo el gran jefe.
-Sí, todo acabó -dijo el general, sin dejar de sentir una náusea profunda y hueca-, todo acabó.
El paisaje era una tabla de juego con sus fichas esparcidas y amontonadas por doquier; el gran jefe sonrió suspirando hondo, se sentía tranquilo, se había probado a sí mismo, les había probado a todos su impotencia; con una máscara de oxígeno en su cara observaba satisfecho el viento. El comandante lagarto permanecía en silencio, hacía cuentas con una pequeña máquina calculadora, volviendo, de vez en cuando, su cara temerosa de fantasmas.
-Olvídese de ese comandante -dijo el gran jefe-, quiero que me diga del futuro pueblo clónico del cual me habló, es algo que aún no asimilo ni creo. Bien, hablemos del fin de los inferiores y la conservación de la raza superior.

El comandante lagarto hizo un movimiento con sus brazos, su cara tomó una expresión que parecía señalar cosas más importantes que la vida.
-Sí, gran jefe -habló-, el mundo clónico ya está aquí, de todas partes del globo nos llegan peticiones de nuevos pueblo, de gente que quiere inmortalizarse y evitarse problemas de luchas de clases, todo va a cambiar, fue un gran descubrimiento de los caballeros de la técnica, se acabaron los temores, recuerdo que la Biblia decía que "muchos serán los llamados y pocos los escogidos."
El gran jef??????c??e se sintió sobrecogido, las palabras del comandante eran como un baño de agua tibia y reconfortante. El comandante siguió hablando:
-Los programas de construcción de pueblos helénicosestán muy avanzados, no es ni siquiera necesario esperar el largo tiempo de las generaciones, los procesos están medidos para producir a diez años, aunque, claro, sale bastante caro, pero con el tiempo usted recuperará la inversión y trascenderá en la historia.
El jefe se levantó de su asiento y dijo:
-¿Qué necesita, comandante?
-Solamente -contestó- pedazos de piel de los individuos que desea reproducir y la cantidad de reproducciones y, claro está, el dinero.
Diez años no son mucho tiempo para el que desea la inmortalidad -pensó el gran jefe-, mientras se miraba largamente en un espejo pulido y brillante.

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